La edafología da un salto cualitativo gracias a la teledetección. Un consorcio internacional presentó una herramienta que permite visualizar la «piel desnuda» del planeta, ofreciendo datos críticos para la restauración paisajística, la integración de infraestructuras y la gestión de la fertilidad agrícola.
El color es la primera propiedad que un técnico observa al evaluar un terreno, pero paradójicamente, ha sido una de las más difíciles de cuantificar a escala global. Hasta ahora, la percepción del suelo estaba mediada por la cubierta vegetal, la urbanización o la variabilidad de la luz atmosférica.
Sin embargo, el hito científico ha logrado «desnudar» la superficie terrestre para ofrecernos el primer mapa mundial del color del suelo, un recurso que promete cambiar la forma en que abordamos los proyectos de restauración y ordenación del territorio.
Este ambicioso proyecto, liderado por la Universidad de São Paulo (Brasil) y con una participación destacada de la Universidad de Córdoba (UCO) a través de su Departamento de Agronomía, ha logrado sintetizar datos de más de 8.000 perfiles de suelo analizados in situ con el archivo histórico de imágenes del satélite Landsat de los últimos 35 años.
El resultado no es una simple imagen satelital convencional; es una cartografía técnica que revela la naturaleza mineral y orgánica del suelo en el 38,5% de la superficie terrestre, eliminando el «ruido» visual que genera la vegetación.
El color como indicador técnico del suelo.
Para los profesionales de la restauración paisajística y la bioingeniería del paisaje, el color del suelo no es una cuestión meramente estética, sino un indicador de salud y composición.
Este nuevo mapa valida a gran escala lo que los edafólogos saben a nivel de perfil: el color es un proxy directo de propiedades funcionales. Los tonos oscuros suelen correlacionarse con altos contenidos de carbono orgánico y mayor fertilidad; los rojizos y amarillentos denotan la presencia de óxidos de hierro y condiciones específicas de drenaje y oxidación; mientras que los tonos claros pueden alertar sobre procesos de erosión, salinidad o una litología calcárea dominante.
La relevancia de este avance para el sector es muy importante. En proyectos de integración paisajística de infraestructuras lineales o minería, el valor visual de una restauración depende de la capacidad de mimetizar los movimientos de tierra con el entorno circundante.
Disponer de una base de datos espectral precisa permite a los directores de obra y paisajistas seleccionar materiales de préstamo, áridos y coberteras que se ajusten cromáticamente al ecosistema de referencia, evitando el impacto visual de las «cicatrices» de tierra clara sobre paisajes de tonos ocres o pardos.
Aplicaciones en la gestión agronómica y forestal en función del color del suelo.
Desde la perspectiva de un ingeniero agrónomo y un viverista, esta herramienta ofrece una lectura de la capacidad productiva del suelo a una resolución de 30 metros.
Al vincular el color con el contenido de materia orgánica y la textura, se facilita la toma de decisiones sobre el manejo del suelo en grandes extensiones. Por ejemplo, la identificación de zonas con pérdida de coloración oscura puede actuar como un sistema de alerta temprana ante la degradación del suelo y la pérdida de carbono orgánico, permitiendo intervenciones correctivas mediante aportes de enmiendas o cambios en las técnicas de laboreo antes de que el daño sea irreversible.
El estudio, que ha contado con la colaboración de 23 centros de investigación de países tan diversos como Australia, Rusia, China o Estados Unidos, demuestra cómo la reflectancia difusa del suelo es una huella dactilar única.
Para las empresas dedicadas al control de la erosión, estos mapas de color funcionan como una radiografía del estado de conservación de las cuencas. Un cambio en la coloración superficial detectado por satélite puede indicar que el horizonte orgánico fértil ha sido lavado, dejando expuestos horizontes minerales subsuperficiales menos productivos y más vulnerables.
El mapa mundial del color del suelo como herramienta para el secuestro de carbono.
En un contexto donde la lucha contra el cambio climático es transversal a todas nuestras disciplinas, este mapa adquiere una dimensión estratégica. El suelo es el mayor almacén de carbono terrestre, y su color es una variable fundamental para modelizar el albedo y la temperatura de la superficie.
Suelos más claros reflejan más radiación, mientras que los oscuros absorben más calor. Comprender esta dinámica es vital para los consultores ambientales que diseñan estrategias de mitigación climática basadas en el uso del suelo.
La disponibilidad de estos datos abre la puerta a una gestión del territorio mucho más precisa y tecnificada. Ya no dependemos únicamente de muestreos puntuales y costosos, sino que podemos extrapolar datos de calidad a escala de paisaje. Este avance nos permite dejar de mirar el suelo simplemente como el soporte físico de nuestras plantas y comenzar a gestionarlo como un ente vivo, complejo y, ahora más que nunca, visible en su verdadera naturaleza.




