La gestión de los humedales en España ha experimentado un cambio de modelo en las últimas décadas. Lo que hasta hace no mucho tiempo se consideraban zonas insalubres o improductivas, hoy se reconocen como infraestructuras verdes estratégicas que proporcionan el 40 % de los servicios ecosistémicos renovables del planeta, a pesar de ocupar apenas el 5 % de la superficie emergida.
Para los profesionales de la ingeniería agronómica, forestal y del paisajismo, comprender la taxonomía de los humedales no es solo un ejercicio académico, sino la base técnica indispensable para diseñar proyectos de restauración con garantías de éxito.
La restauración ecológica, definida como el proceso de asistir a la recuperación de un ecosistema degradado para restablecer su funcionalidad y resiliencia, exige una identificación precisa del tipo de humedal.
En este sentido, no podemos aplicar las mismas técnicas de bioingeniería en una laguna endorreica hipersalina de la Mancha que en un estuario cantábrico o en una turbera de montaña. La clasificación adecuada permite establecer el modelo de referencia necesario para guiar la ejecución y el seguimiento de la obra.
El marco normativo y la dualidad clasificatoria de humedales en España.
En el ámbito profesional español, la clasificación de zonas húmedas se articula principalmente en torno a dos ejes: el internacional, marcado por el Convenio Ramsar, y el nacional, definido por el Inventario Español de Zonas Húmedas (IEZH) bajo el Real Decreto 435/2004.
El Convenio Ramsar ofrece una visión holística que incluye desde aguas marinas someras hasta sistemas artificiales como excavaciones o canales de drenaje. Por su parte, el IEZH adapta esta clasificación a la realidad territorial española, agrupando los humedales en tres grandes categorías: costeros, interiores y artificiales.
Esta diferenciación es muy importante para los consultores ambientales al evaluar impactos y para los legisladores al definir figuras de protección específicas.
Particularidades técnicas de los humedales continentales y costeros.
Desde la perspectiva de la ingeniería y el cultivo de especies para implantar en ellos en caso de necesidad, la distinción entre sistemas continentales y costeros determina la selección de materiales y procedimientos.
En el caso de los sistemas continentales, representan el 92 % de los humedales españoles, aunque su superficie total es reducida. Incluyen desde ríos y arroyos permanentes (Código M) hasta lagos estacionales salinos (Código R). En estos entornos, la gestión del hidroperiodo y el control de la eutrofización por escorrentía agrícola son los mayores retos técnicos.
En el de los sistemas marinos y costeros, aunque son menores en número, ocupan la mayor parte de la superficie húmeda en España, con ejemplos icónicos como Doñana o la Albufera de Valencia. Aquí, la restauración se centra a menudo en recuperar la conectividad hidrodinámica y la gestión de la salinidad, utilizando especies halófilas y técnicas de estabilización dunar.
Oportunidades para la restauración y el paisaje de humedales artificiales.
Un sector de creciente interés para empresas de restauración paisajística y viveristas es el de los humedales artificiales o modificados. Según la clasificación de Ramsar, estos incluyen estanques de acuicultura, áreas de tratamiento de aguas servidas y excavaciones mineras.
La recuperación de graveras y canteras (como los proyectos realizados en el Parque Regional del Sureste de Madrid), demuestra que estos espacios pueden transformarse en núcleos de biodiversidad de alto valor. Para el ingeniero agrónomo y el paisajista, estos proyectos representan un campo de pruebas para la implantación de filtros verdes, el uso de plantas macrófitas para la depuración y la creación de relieves estables mediante métodos como el GeoFluv (técnica de restauración geomorfológica utilizada para diseñar paisajes estables en terrenos alterados).
Especies vegetales y densidades según el tipo de humedal.
La elección de la flora no es aleatoria; responde a la clasificación física del humedal. En proyectos de restauración exitosos, la tendencia es utilizar exclusivamente especies autóctonas que formen parte de la estructura característica del ecosistema de referencia.
En las zonas de aguas someras y orillas, el uso de helófitos como Cladium mariscus (masiega) o Phragmites australis (carrizo) es importante para estabilizar motas y crear hábitats de nidificación.
En bosques de ribera y sotos, en sistemas fluviales (Código M), la restauración forestal con alisos y sauces es recomendable para recuperar la conectividad lateral y la resiliencia ante el cambio climático.
Para el viverista profesional, conocer la clasificación técnica permite ajustar los formatos de presentación (alveolo forestal, planta en cepellón de gran tamaño o estaquillado directo) a las condiciones de inundabilidad y salinidad prevista en el diseño de ingeniería.
Así, la clasificación de los humedales no es, por tanto, un simple listado administrativo, sino la hoja de ruta técnica que define desde el presupuesto de ejecución hasta la viabilidad biológica de la inversión.
Además, en un escenario de cambio climático y pérdida de biodiversidad, la precisión en la identificación del tipo de humedal es el primer paso para asegurar que nuestras intervenciones en el paisaje no solo sean estéticamente integradas, sino ecológicamente funcionales y autosustentables a largo plazo.




